sábado, 28 de mayo de 2011

Evita y la librería y papelería Bertolini

En la calle Almirante Brown al 1400, entre Lamadrid y Pedro de Mendoza, estaba la librería y papelería Bertolini, donde mis hermanos y yo íbamos a comprar, casi a diario, los útiles par el colegio.
Quien nos atendía casi siempre era el mismo dueño, Don Bertolini; a veces, también lo hacía su esposa, una mujer que se peinaba igualito que Evita (era muy parecida). Su nombre era Erminda, Erminda Duarte de Bertolini, ¡la hermana menor de Eva Perón!

viernes, 27 de mayo de 2011

La plaza Solís

Quién hubiera dicho que en esa plaza rasposa, donde jugaba cuando era chica, se había creado el Club Boca Júniors. Alguien lo mencionó alguna vez, como al pasar, pero, en ese momento, no le di la menor importancia. La historia la conocí recién de grande.
Allá por 1905, Santiago Sana, Alfredo Scarpatti, Esteban Baglietto y los hermanos Juan y Teodoro Farenga integraban un equipo de amigos del barrio. El sábado 1° de abril de ese mismo año se reunieron en la Plaza Solís -ubicada entre las calles Olavarría, Suárez, Gaboto y Ministro Brin- para darle forma a un proyecto que los desvelaba: la creación de un club de fútbol. Discutieron mucho acerca del nombre, hasta que Santiago Pedro Sana tuvo la idea del  Boca Juniors.  
El lunes 3 de abril  se designó la primera comisión directiva en la casa de los Farenga, y a quien sería el  primer presidente: Esteban Miguel Baglietto. La Secretaría se instaló, provisoriamente, en  Pinzón 267 (la casa de los Farenga), pero pocos meses después se trasladó a Suárez 531. El primer campo de juego, por su parte,  fue el mismo que utilizaba  el club Independencia Sud, en Pedro de Mendoza y Colorado (hoy Benito Pérez Galdós). En cuanto a la camiseta, se eligió una de color rosa, pero rápidamente se la cambió por otra, blanca con rayas azules verticales, que no tuvo gran consenso.
En 1907, y ya con muchos adeptos y socios, Juan Brichetto, que trabajaba en el puente dos de La Boca, vio la bandera de un barco sueco que entraba al puerto de Buenos Aires (el "Drottning Sophia"), y  se le ocurrió adoptar el azul y amarillo para siempre. Al principio, la camiseta era de fondo azul con una franja  amarilla diagonal, pero en 1913 se modificó: la banda amarilla adquirió el modo horizontal.
 El 21 de abril de 1905, Boca disputó el primer partido de su historia. El rival fue el club "Mariano Moreno", al que goleó por 4 a 0; el equipo boquense formó con: Esteban Baglietto; José Farenga y Santiago Sana; Vicente Oñate, Guillermo Tyler y Luis De Harenne; Alfredo Scarpatti, Pedro Moltedo, Amadeo Gelsi, Alberto Talent y Juan Farenga, quien convertió el primer gol del club.

Enrique de Gandía: Historia de La Boca del Riachuelo

Entrando en esta dirección, podés leer el trabajo de Enrique de Gandía acerca de la Historia de La Boca del Riachuelo:

http://docs.google.com/viewer?a=v&q=cache:HjFGyMzqBzEJ:www.resurgimientodelaboca.unlugar.com/Gandia.pdf+Libros+sobre+el+riachuelo,+La+Boca&hl=es&pid=bl&srcid=ADGEESjvSlR4lbioiqnCdSPmp0Y5s8Lou95YMC3SuuQCTPD8OtT_Sh2bPO-lC1Z2yc_-H1P_uKqtp6tFRz8CTErq4vE4PflHflxZZEKoGU_NjAWfxi3OfN_ZtMdAeGB44-9tdk48GAhA&sig=AHIEtbQoK94BJaf-0-5fIBkvR6byBgP4Tg&pli=1

Graciela Silvestri: El color del río

El color del río, historia cultural del paisaje del Riachuelo, relata la biografía del Riachuelo  como paisaje, a través de materiales tan diversos como los elementos que lo constituyen: proyectos de canalizaión y las polémicas portuarias; el asentamiento inmigrante vinculado con las tareas del mar; la vida de los grandes frigorificos, de las metalúrgicas, de las usinas eléctricas..., etc, etc. Se trata de un excelente trabajo de la arquitecta y doctora en Historia, Graciela Silvestri, nacida en La Boca en 1954, que no puede faltar en tu biblioteca. 
Introducción:  Paisaje e historia

 Capítulo I. El Riachuelo como paisaje
 La construcción del objeto,  Períodos,  Forma y paisaje,
 Forma, paisaje y política

 Capítulo II. Historias del Riachuelo, Descripciones literarias y plásticas
 La imagen de los acontecimientos,  El Riachuelo pintoresco,  El alma del lugar

 Primera parte.  Puerto y canal: los límites del agua

 Capítulo I. El puerto:  La tradición de la forma: técnica, tipo y lugar
 Los proyectos de la polémica
 El puerto de los políticos: forma y representación
 El puerto de los ingenieros

 Capítulo II. El canal:  Canales y forma urbana.  La idea de canal industrial

 Segunda parte:  Redes y objetos del paisaje industrial

 Capítulo I. Higiene, industria, habitación,  La polémica sobre la expulsión de los saladeros,
 La transformación del subsuelo

 Capítulo II. Circulación, Ferrocarril versus canal,  Puentes: la belleza técnica,
 Barcos, astilleros y almacenes navales: un puerto pintoresco

 Capítulo III. Producción.  La red industrial
 Frigoríficos: el campo en la ciudad, Metalúrgicas: la promesa de racionalización
 Materiales informes y abstracción técnica

 Tercera parte El color del río

 Capítulo I. Pintar el Riachuelo,  Pobreza, bohemia y cultura oficial
 El arte en la calle,  Lo negro en color

 Capítulo II. Orden en la variedad,  El ideal de lo blanco
 La casa de Palladio en la boca del Riachuelo

 Conclusión:  La parte por el todo

jueves, 26 de mayo de 2011

Rodolfo Edwards: Aguas argentinas

"Muchos de los argentinos somos ribereños, también los de la ciudad de Buenos Aires, que nos llamamos porteños pero creo que muy pocos asocian ese calificativo con la presencia de un puerto, o la vecindad del agua; hace falta aclarar que somos ribereños porque al río lo ignoramos olímpicamente y andamos por ahí como si no existiese o fuese apenas una entelequia elucubrada por Borges en sus años mozos. “¿Y fue por este río de sueñera y de barro/que las proas vinieron a fundarme la patria?/irían a los tumbos los barquitos pintados/entre los camarotes de la corriente zaina”, supo decir el vate ciego con la afilada y localista pluma de sus primeros libros de poemas. Pero fue en este malquerido Río de la Plata donde los indios guaraníes se morfaron a Solís y es una lástima que no haya estado Crónica TV para documentar semejante suceso. ¡Se imaginan la placa roja!: "ÚLTIMO MOMENTO: INVASOR GALLEGO MORFADO POR INDIOS". El río comunica países y provincias, a orillas de un río se pueden cantar guaranias y chamarritas, también tangos y rockitos nacionales: me acuerdo de “Río marrón”, aquella bella canción de Jorge Fandermole que cantaba Baglietto: “Río marrón, devolveme sangre abajo/de tu paso el lirio negro que quedó junto a tu orilla/río, río marrón/dónde quedó aquella canción que nadie espera de cara a las estrellas/cauce arriba/río marrón/piel de cielo que se rompe/desde aquí hasta el horizonte/luz de luna sumergida”. Es que el río es una húmeda musa inspiradora en Rosario, en Paraná, en Montevideo (que es Buenos Aires cuando tenía veinte años), baña a ciudades y pueblos con su oleaje neurótico, irregular, traicionero. Nací y vivo en la República Separatista de La Boca, un barrio/país, que también ha sabido crecer al compás del oscuro río/riachuelo que baña su ribera.  Alguna vez el puerto de La Boca fue próspero y pujante, inspiró a pintores, músicos y poetas, labró paso a paso su leyenda de guinches y banderas auriazules. Quinquela y Filiberto son nuestros Lennon & McCartney, nuestros Warhol & Lou Reed (todas estas parejitas supieron homenajear a sus pueblos, tuvieron el pulso lo suficientemente firme para expresar “las condiciones de la época”, como diría el maestro Gianuzzi). Hablábamos del Riachuelo que en realidad tendría que llamarse “río negro” como negro es el color de sus aguas que alguna vez, ayer nomás, a comienzos del siglo XX, fueron cristalinas y cuentan crónicas de la época que el lugar estaba lleno de clubes de pesca y de remo, toda la zona se parecía mucho a lo que hoy es el próspero delta del Tigre. En la hoy lúgubre Isla Maciel había recreos que en el verano se transformaban en paseo obligado; allí se celebraban unos extravagantes rituales, semejantes a fiestas florales, ordenados por el Presidente de La Boca (aunque no lo crean el barrio de La Boca aún hoy tiene un Presidente, don Rubén Granara Insúa, que respeta una tradición que nació a fines del siglo XIX cuando un grupete de tanos quizo independizar al barrio de la República Argentina en nombre del Rey de Italia, intento rápidamente sofocado por una pequeña hueste enviada por del genocida Roca). La Boca también supo albergar utopías de ácratas y fue núcleo de históricas asambleas y huelgas obreras. Vivir en La Boca es una bendición, haber crecido en esas calles de veredas altas y llenas de historias de ensueño hasta el día de hoy me llenan de un secreto orgullo. Cursé toda la escuela primaria en la Escuela Nro. 9 Don Benito Quinquela Martín. En cada aula había un enorme mural de Quinquela.  Respirar todo ese clima donde se mezclaban acres fragancias, óleo de pintores y aceite de las industrias, me llevó lentamente hacia el vicio del arte: vivir en La Boca es como estar en una película todo el tiempo. No por casualidad el gran Francis Ford Coppola anda filmando una película por las callecitas de La Boca (ayer le pedí un autógrafo). Frente a las circunstancias de este barrio, la poética de Federico Fellini o las ficciones de Gabo García Márquez quedarían reducidas a un mero ejercicio de naturalismo. En La Boca todo está tramado por el arte, la pobreza también. Las más trágicas miserias humanas en La Boca están alumbradas por las inefables antorchas del arte. Habitar una casa de madera que en cualquier momento se te incendia y estar a metros de un río que apenas sopla el viento del sudeste llena tu casa de agua podrida, entraña vivir en una terrible incertidumbre, sólo paliada por la belleza de las rimas entre el cielo y el barro: “Agua podrida estancada reseca pescado buseca/agua podrida con gente al costado/agua podrida tapada de mugre que queda y se pudre/agua podrida poblada habitada/agua podrida en la calle sedienta/agua podrida que pide tormenta”, cantaba el yorugua Leo Masliah en una vieja canción. Hay audaces maneras de la metafísica escondidas en la niebla del Riachuelo. Cuando la realidad tiene colores tan intensos, el realismo ya no es una atrabiliaria redacción de un documento sino que se convierte en cálido tributo amoroso. La imaginación no es entonces una distracción del contexto: es una forma aplicada a la supervivencia, contar historias para no dormirse en medio de la inundación, para que el agua no te lleve acompasadamente como a las macetas y a los muebles. Si habré escuchado ese grito: “¡se viene el agua!  Cuando se viene el agua, se mete por todos los wines, arrasa con todo, sin miramientos y uno no sabe qué salvar primero, si la ropa o los documentos, el cuadrito con la foto de la primera comunión o la heladera, el velador o el disco de Armando Manzanero, los colchones o la colección de El Gráfico. Padecí varias inundaciones pero la que más recuerdo es la del 89. La cosa empezó a media mañana, era un día domingo, con mucho sol, en el resto de la ciudad la vida transcurría normalmente, pero soplaba el maldito viento del sudeste a cientos de kilómetros por hora y el agua se hizo dueña y señora en la zonas ribereñas; brotaba por debajo de las baldosas del patio, burlona dibujaba extraños arabescos que pronto se convertían en una masa compacta de agua. Con mis viejos tratamos de salvar lo que pudimos, levantamos la heladera y la tele arriba de una mesa, hicimos unos bolsos con ropa y comida y nos rajamos al primer piso, a la casa de un vecino, porque el agua ya nos llegaba hasta más arriba de la cintura. Desesperadamente empecé a acarrear libros y discos, pero en un momento no pude más… El agua me había vencido por K.O. técnico. Desde un balcón vi a un buzo armando un bote inflable, por la Avenida Almirante Brown circulaban veloces lanchas de la Prefectura, en medio de encrespadas olas que sólo había visto en Mar del Plata y entonces me dije “esto se está poniendo bravo” y sí, fue bravo; aquel infausto día hubo muertos y miles de evacuados, el muelle de pescadores de Quilmes se rompió en mil pedazos, el agua contaminada repartió enfermedades y pestes varias. Recuerdo una escena como si hubiese sucedido ayer: el libro “Un kilo de oro” de Rodolfo Walsh (la edición de Jorge Álvarez, de agosto de 1967) flotando en el agua. Yo lo miraba desde arriba, sin poder hacer nada, un kilo de oro flotando en el agua sucia. En ese momento me puse a llorar. Estuvimos inundados todo el domingo y recién el lunes al mediodía el agua empezó a bajar dejando una resaca infinita. De “resaca dejada por la inundación” también habla una muy buena novelita de Enrique Wernicke. “El agua” se llamaba, por suerte aquella vez se salvó del agua porque estaba en un estante alto… En el texto de Wernicke se habla de las vicisitudes de un viejo al que la creciente del río lo encuentra solo en una casa de San Fernando. Nunca leí nada mejor sobre el tema inundaciones. La precisión fotográfica con que cuenta el proceso, nos hace sentir mojados página tras página. Padecí con el personaje reflotando todas mis inundaciones. Para el que las sufrió alguna vez, hay algo que al otro día del desastre se lamenta horrores: las fotos arruinadas. Wernicke lo narra magistralmente: “Eran las seis de la tarde pasadas cuando ambulando de un cuarto a otro, vagamente inspirado en ideas esotéricas, y como llevado por un llamado extraterreno, buscó en un estante bajo de la biblioteca y halló un grueso álbum encuadernado en cuero. Era el álbum, donde estaban pegadas las fotos familiares (…). Al abrirlo descubrió que todas las fotografías familiares estaban adheridas entre sí. Su primera reacción fue sentir una gran pena, la pena de un chico que ve roto uno de sus juguetes favoritos, aun cuando lo tuviera olvidado desde hace años. La segunda, más práctica, fue ir al baño, lavar la bañadera que estaba llena de barro, poner el tapón, llenarla de agua y tirar adentro el álbum. Las fotos se despegarían. Luego las pondría a secar”. Don Julio Blake, el héroe de Wernicke, empieza a leer claves de su pasado en esas fotos estropeadas y su presente se llena de muertos súbitamente resucitados. Las fotos tienen una rara potestad sobre nuestras vidas y es cierto lo que decían los indios: las fotos nos roban pedacitos del alma que quedan pegados en el papel para siempre. La foto devuelve el tiempo y la ropa, al sacar una foto quizás no tomamos debida cuenta que estamos lanzando un boomerang impredecible. Como es obvio, a mí también el agua me liquidó gran cantidad de fotos y muchas personas se borraron de ellas, por ejemplo Patricia Rabuñal desapareció de una foto de 1981, tomada en la fiesta de egresados del Colegio Arcamendia de Barracas. Tuve mucho miedo por ella, quizás nunca fue engendrada por sus padres, por ahí le pasó lo mismo que a Michael Fox en “Volver al futuro”. Patricia Rabuñal se debate quizás entre el ser y la nada, flotando en mundos paralelos. Pobre Patricia. Pero esto son sólo conjeturas, pensamientos que se lleva el agua.

* Air
**Véase el blog del autor: www.elreydelaboca.blogspot.com
***Rodolfo Edwards es poeta y crítico de poesía. Editó las revistas La Mineta y La Novia de Tyson y participó de la redacción de 18 Whiskys. Colabora en programas de radio y suplementos culturales de diarios y revistas de Buenos Aires. Publica regularmente sus poemas en su blog El Rey de la Boca. Publicó Culo criollo (1999), That’s amore (2000), Rodolfo Edwards (2000), Los Tatis (2003), ¡Vamos con esas imágenes! (2005), Mosca blanca sobre oveja negra (2007). os

Los títeres de La Boca: Javier Villafañe

Algunos datos para comenzar      

El teatro de títeres encontró en La Boca un espacio propicio para su desarrollo. Recordaremos algunos de ellos, que con su presencia contribuyeron a fijar los cimientos de este arte en Buenos Aires.
El titiritero Vito Cantone, nacido en Catania en 1878, provenía de una familia dedicada a esta actividad. Recién llegado, se instaló con sus muñecos en el Teatro Sicilia, de la calle Necochea 1339, donde hacía sus presentaciones, acompañado por un grupo de colaboradores, entre los que se recuerda a Vito Correnti, José Macarigno, Salvatore Costa, Nicola Scuccimaro, Carmelo Nicostra y otros.
Lorenzo Maccheroni, también siciliano, fue uno de los colaboradores, hasta 1910, año en que establece el “Café-Concierto Edén”.
Otro artista natural de Catania, nacido en 1881, fue José Constancio Grasso. Llegó en 1892 y fue botero del Riachuelo antes de convertirse en colaborador de Cantone y de Terranova. Grasso fabricaba y pintaba los muñecos. Se lo reconoce como un gran memorista del repertorio titiritero, trabajó en varios teatros porteños.
De consistente fama fue también el matrimonio formado por Carolina Ligotti y Sebastián Terranova quienes llegaron a Buenos Aires en 1910. Se instalaron en La Boca, primero con el Teatro San Carlino, –que funcionó en Olavarría al 600 y en 1919 en Necochea entre Suárez y Brandsen– luego en el Cine Irala, frente a la plaza Brown, en la Vuelta de Rocha. Reunieron en su larga vida dedicada a este arte una importante cantidad de marionetas y escenografías necesarias para sus representaciones, que en su gran mayoría se perdieron durante la terrible inundación que asoló el barrio y gran parte de las zonas bajas de la ciudad y la provincia entre 1940.-1949.

*Petriella, Dionisio y Sosa Miatello, Sara, Diccionario biográfico ìtalo-argentino, Asociación Dante Alighieri, Buenos Aires, 1976.                                

Javier Villafañe (1909-1996). Considerado como uno de los máximos exponentes de la actividad en el país, fue autor de obras como El gallo pinto y Maese Trotamundo por el camino de Don Quijote, entre otras. Además escribió Vida y meditaciones de un pícaro. Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires”.

Javier Villafañe evoca los teatros de títeres a los que asistían los italianos de La Boca:
 
"Teníamos entre diecisiete y diecinueve años y descubrimos los títeres de La Boca, con Wernicke, José P. Correch y José Luis Lanuza. Era un teatro estable con muñecos de origen italiano –‘los pupi’- que hablaban y decían los textos en genovés... A ese ámbito llegué por primera vez a los diecisiete años. ¡Qué impresión, quedé maravillado! Estos marionetistas representaban episodios de obras que duraban hasta un año. En estos espectáculos de los títeres de San Carlino, las marionetas pesaban entre 20 y 30 kilos y eran manipuladas por una barra. Este descubrimiento de los títeres de La Boca, tal vez, selló mi camino.Desde ese momento visité reiteradamente a don Bastián de Terranova y a su mujer doña Carolina Ligotti –eran una pareja muy hermosa-, descendientes de antiguas familias marionetistas –titiriteros sus abuelos y sus padres-, quienes tenían en Sicilia uno de los más famosos teatros de marionetas. Representaban obras clásicas: Ariosto, de Torcuato Tasso, episodios de las aventuras de Orlando y Rinaldo, que duraban en episodios un año entero, y casi siempre, era su público –el mismo público- viejos italianos, nostálgicos marineros, obreros del puerto de La Boca y algunos curiosos como yo y como Raúl González Tuñón, que me había dedicado su libro El violín del diablo, en plena calle, y con quien desde ese entonces, además de frecuentar el teatro de San Carlino, nos hicimos muy amigos.
Estos viejos titiriteros de La Boca se convirtieron en grandes amigos míos. Los frecuentaba, y fui testigo de cómo, al igual que sus abuelos y padres, envejecieron y murieron al lado de sus marionetas. Conservo aún fresco en mi memoria el recuerdo imborrable de estos dos pioneros inmigrantes que despertaron en mí la pasión más perdurable por el teatro de muñecos. Desde ese instante y hasta hoy, con 80 años, sigo firme y fiel a ese mandato de la historia en constituirme en un humilde difusor de este arte milenario que es el títere”.

Roberto Mariani, escritor nacido en el Barrio de La Boca

Roberto Mariani (1893/1946), escritor, dramaturgo y poeta argentino, nació en el barrio de La Boca, en julio de 1893. Se inició como periodista en el diario Los Andes de Mendoza y publicó algunos relatos en el periódico La semana. Se empleó en el Banco Nación alternando con los “proletarios de cuello duro”, experiencia que marcará su obra. En 1922 es despedido por “intentar agremiar a sus compañeros con literatura anarquista”. Colaboró en el periódico Nueva Era, apoyando la revolución bolchevique. Publicó El amor grotesco y fundó una asociación de amigos de Rusia que enviaba a Moscú literatura criolla revolucionaria. Anarquista y solitario, participó del grupo de Boedo compartiendo ese espacio de creación con Arlt y Payró. Colaboró con aquél cuando aún no tenía reconocimiento literario, en la corrección de sus proverbiales errores gramaticales. Las acequias (1922) es su primer poemario. Cuentos de la oficina (1925), resume desde una mirada literaria la vida transcurriendo en una oficina de Buenos Aires, relatos que merecieron el elogio de Roberto J. Payró. El amor agresivo (1926), describe el universo del amor en las distintas expresiones que adquiere en el carácter del porteño. El diario Crítica (1927) le publica una calurosa defensa de Sacco y Vanzetti, y tres años más tarde, urgido por aprietos económicos, trabaja de chofer en el sur argentino desde donde lamenta el golpe reaccionario que derrocó a Irigoyen. De regreso, envuelto en un escepticismo irreversible se transforma en un ser sombrío: “Estoy, pues, como antes de soñar: sin nada. O peor porque ni sueños tengo”, escribía. Un niño juega con la muerte, se estrena en el Teatro del Pueblo en 1938. De regreso a Dios refleja su resignación final mediante un contrato con la muerte que en la realidad llega tras un infarto en 1946. El resto de su obra incluye algunos ensayos sobre Pirandello y Proust y las novelas: En la penumbra (1932), La frecuentación de la muerte (1930) y La cruz nuestra de cada día (1955), en las que esboza sus desvelos metafísicos e inquietud por las injusticias sociales. Junto a Arlt encarna al narrador del infortunio y la desesperación. Una placa que está en Suárez 743 recuerda su nacimiento.

Balada de la oficina" integra el libro Cuentos de la oficina.

"Entra. No repares en el sol que dejas en la calle. Él está caído en la calle como una blanca mancha de cal. Está lamiendo ahora nuestra vereda; esta tarde se irá enfrente. No repares en el sol. Tienes el domingo para bebértelo todo y golosamente, como un vaso de rubia cerveza en una tarde de calor. Hoy, deja el perezoso y contemplativo sol en la calle. Tú, entra. El sol no es serio. Entra. En la calle también está el viento. El viento que corre jugando con fantasmas. Fantasma él también, pues no se ve con los ojos de la cara, y se lo siente. El viento está jugando; ya corriendo una loca carrera por en medio de la calle; ya golpeándose las sienes contra las paredes de las casas; ya deshilándose en las copas de los árboles... f... f... f... f... El viento es juguetón como un recental; esto no es serio. Tú entra.
Deja en la calle sol, viento, movimiento loco; tú, entra.
¿Qué podrías hacer en la calle? ¿No tienes vergüenza, estúpido sentimental, regodearte con el sol como un anciano blanco, y esqueletoso, y centenario? ¿No te humilla, en tu actual situación de muchacho fornido, dejarte forrar por el viento como una hoja dentro de un remolino?
¡Y la lluvia! No te avergonzaré recordándote que los otros días estuviste tres horas ¡tres horas!, contemplando tras la vidriera del café, caer y caer y caer, monótonamente, estúpidamente, una larga, monótona y estúpida lluvia. Entra, entra.
Entra; penetra en mi vientre, que no es oscuro, porque, ¡mira cuántos Osram flechan sus luminosos ojos de azufre encendido como pupilas de gata! Penetra en mi carne, y estarás resguardado contra el sol que quema, el viento que golpea, la lluvia que moja y el frío que enferma.
Entra; así tendrás la certeza —que dará paz a tu espíritu— de obtener todos los días pan para tu boca y para la boca de tus pequeñuelos. ¡Tus pequeñuelos, tus hijos, los hijos de tu carne y de tu alma y de la carne y del alma de la compañera que hace contigo el camino! Yo daré para ellos pan y leche; no temas; mientras tú estés en mi seno, y no desgarres las prescripciones que tú sabes, jamás faltará a tus pequeñuelos, ¡los pobres!, ni pan, ni leche, para sus ávidas bocas. Entra; acuérdate de ellos; entra.
Además, cumplirás con tu deber. Tu deber. ¿Entiendes? El trabajo no deshonra, sino que ennoblece. La Vida es un Deber. El hombre ha nacido para trabajar.
Entra; urge trabajar. La vida moderna es complicada como una madeja con la que estuvo jugando un gato joven. Entra; siempre hay trabajo aquí.
No te aburrirás; al contrario, encontrarás con qué matizar tu vida. (Además de que es tu Deber). Entra. Siéntate. Trabaja. Son cuatro horas apenas. Cuatro horas. Pero, eso sí: nada de engañifas ni simulaciones ni sofisticaciones. ¡A trabajar! Si tu labor es limpia, exacta y voluntariosa —voluntariosa sobre todo—, los jefes te felicitarán. Tú estás sano; puedes resistir estas cuatro horas. ¿Has visto cómo las has resistido? Ahora vete a almorzar. Y vuelve a hora cabal, exacta, precisa, matemática. ¡Cuidado! Porque si todos se atrasaran, se derrumbaría la disciplina, y sin disciplina no puede existir nada serio. Otras cuatro horas al día. Nadie se muere trabajando ocho horas diarias. Tú mismo, dime: ¿no has estado remando el domingo once o doce horas, cansando los músculos en una labor con el agua que me abstengo de calificar por el ningún remordimiento que se obtiene? ¿Ves tú? ¡Y con inminente peligro de ahogarte! Yo sólo te exijo ocho horas. Y te pago, te visto, te doy de comer. ¡No me lo agradezcas! Yo soy así.
Ahora vete contento. Has cumplido con tu Deber. Ve a tu casa. No te detengas en el camino. Hay que ser serio, honesto, sin vicios. Y vuelve mañana, y todos los días durante 25 años; durante los 9.125 días que llegues a mí, yo te abriré mi seno de madre; después, si no te has muerto tísico, te daré la jubilación.
Entonces, gozarás del sol, y al día siguiente te morirás. ¡Pero habrás cumplido con tu Deber!"