jueves, 26 de mayo de 2011

Los títeres de La Boca: Javier Villafañe

Algunos datos para comenzar      

El teatro de títeres encontró en La Boca un espacio propicio para su desarrollo. Recordaremos algunos de ellos, que con su presencia contribuyeron a fijar los cimientos de este arte en Buenos Aires.
El titiritero Vito Cantone, nacido en Catania en 1878, provenía de una familia dedicada a esta actividad. Recién llegado, se instaló con sus muñecos en el Teatro Sicilia, de la calle Necochea 1339, donde hacía sus presentaciones, acompañado por un grupo de colaboradores, entre los que se recuerda a Vito Correnti, José Macarigno, Salvatore Costa, Nicola Scuccimaro, Carmelo Nicostra y otros.
Lorenzo Maccheroni, también siciliano, fue uno de los colaboradores, hasta 1910, año en que establece el “Café-Concierto Edén”.
Otro artista natural de Catania, nacido en 1881, fue José Constancio Grasso. Llegó en 1892 y fue botero del Riachuelo antes de convertirse en colaborador de Cantone y de Terranova. Grasso fabricaba y pintaba los muñecos. Se lo reconoce como un gran memorista del repertorio titiritero, trabajó en varios teatros porteños.
De consistente fama fue también el matrimonio formado por Carolina Ligotti y Sebastián Terranova quienes llegaron a Buenos Aires en 1910. Se instalaron en La Boca, primero con el Teatro San Carlino, –que funcionó en Olavarría al 600 y en 1919 en Necochea entre Suárez y Brandsen– luego en el Cine Irala, frente a la plaza Brown, en la Vuelta de Rocha. Reunieron en su larga vida dedicada a este arte una importante cantidad de marionetas y escenografías necesarias para sus representaciones, que en su gran mayoría se perdieron durante la terrible inundación que asoló el barrio y gran parte de las zonas bajas de la ciudad y la provincia entre 1940.-1949.

*Petriella, Dionisio y Sosa Miatello, Sara, Diccionario biográfico ìtalo-argentino, Asociación Dante Alighieri, Buenos Aires, 1976.                                

Javier Villafañe (1909-1996). Considerado como uno de los máximos exponentes de la actividad en el país, fue autor de obras como El gallo pinto y Maese Trotamundo por el camino de Don Quijote, entre otras. Además escribió Vida y meditaciones de un pícaro. Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires”.

Javier Villafañe evoca los teatros de títeres a los que asistían los italianos de La Boca:
 
"Teníamos entre diecisiete y diecinueve años y descubrimos los títeres de La Boca, con Wernicke, José P. Correch y José Luis Lanuza. Era un teatro estable con muñecos de origen italiano –‘los pupi’- que hablaban y decían los textos en genovés... A ese ámbito llegué por primera vez a los diecisiete años. ¡Qué impresión, quedé maravillado! Estos marionetistas representaban episodios de obras que duraban hasta un año. En estos espectáculos de los títeres de San Carlino, las marionetas pesaban entre 20 y 30 kilos y eran manipuladas por una barra. Este descubrimiento de los títeres de La Boca, tal vez, selló mi camino.Desde ese momento visité reiteradamente a don Bastián de Terranova y a su mujer doña Carolina Ligotti –eran una pareja muy hermosa-, descendientes de antiguas familias marionetistas –titiriteros sus abuelos y sus padres-, quienes tenían en Sicilia uno de los más famosos teatros de marionetas. Representaban obras clásicas: Ariosto, de Torcuato Tasso, episodios de las aventuras de Orlando y Rinaldo, que duraban en episodios un año entero, y casi siempre, era su público –el mismo público- viejos italianos, nostálgicos marineros, obreros del puerto de La Boca y algunos curiosos como yo y como Raúl González Tuñón, que me había dedicado su libro El violín del diablo, en plena calle, y con quien desde ese entonces, además de frecuentar el teatro de San Carlino, nos hicimos muy amigos.
Estos viejos titiriteros de La Boca se convirtieron en grandes amigos míos. Los frecuentaba, y fui testigo de cómo, al igual que sus abuelos y padres, envejecieron y murieron al lado de sus marionetas. Conservo aún fresco en mi memoria el recuerdo imborrable de estos dos pioneros inmigrantes que despertaron en mí la pasión más perdurable por el teatro de muñecos. Desde ese instante y hasta hoy, con 80 años, sigo firme y fiel a ese mandato de la historia en constituirme en un humilde difusor de este arte milenario que es el títere”.

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