miércoles, 4 de mayo de 2016
sábado, 23 de abril de 2016
Luis Colombo: Cine en La Boca
Por Luis Colombo
El cine Olavarría temblaba: tres películas: una, de Abbot y Costello; la segunda con Randolph Scott y sus disparos certeros.
Y la última, la que más esperábamos, Gregoy Peck y Ann Blyht: él, un heróico capitán a bordo de una goleta de tres palos; ella, una princesita rusa enamoradísima del norteamericano.
Suena la música, el cine vibra, todos queremos que Ogoth, el personaje, esquimal comedor de pescado crudo, arremeta contra los cadetes rusos, ayudados por los marineros del capitán.
Yo tenía 9 años, ahí conocí por primera vez la hermosa música de Brahams, también lo que era navegar en una goleta que parecía un barco fantasma. Era, sí, una auténtica aventura de amor, sin nada de almíbar, con puñetazos a granel y un final feliz.
Los "malos" eran los nobles rusos que después de acordar un convenio pesquero en Alaska, y la posterior venta de ese estado, se negaban a que la bella Ann Blyht cayera en los brazos del heroico capitán. Demás está decir que en la sala no sólo había niños sino hombres y mujeres adultos, y todos gritaban a la par, alentando a los audaces marinos por la victoria sobre los nobles rusos.
Era el cine, era el gran divertimento, aún la televisión no había invadido con su mensaje banal y soporífero las ilusiones de nuestra niñez. Eran los cowboys de John Wayne, Randolph Scott, Gregory Peck, era "Duelo al sol", y nosotros boquiabiertos esperando el puñetazo o el disparo de pistolero certero.
Los domingos teníamos la opción que ofrecía el oratorio de Don Bosco, en la iglesia San Juan Evangelista, una serie por capítulos (dos por domingo): Flash Gordon, "La araña inmortal", y los hermanos Bruzzone trajinando con los rollos de celuloide. Después el plato fuerte: "Las Arenas de Iwo Jima", la guerra y los japoneses, la imaginación infantil mezclada con quienes eran "los buenos" (¿quiénes "los malos"?). No faltaba Robin Hood, en su bosque de Sherwood, con la magia de Errol Flynn.
Todo esto es recuerdo. ¿Saben los chicos de hoy quién fue el cowboy James Stewar, el que se casa en una ceremonia india con una bellísima skaw, para volver y encontrarla muerta y entonces salir a buscar venganza? No, no lo saben.
Quizás jueguen al fútbol todavía, invierno y verano, como lo hacíamos nosotros sobre el empedrado de la calle Caboto.
jueves, 7 de abril de 2016
Florencio Sánchez: ¡La Boca ya tiene dientes!
Ésta fue la expresión de Florencio Sánchez ,dramaturgo y periodista uruguayo afincado en Buenos Aires , al entrar corriendo a la redacción del diario La Opinión ,al dar la noticia de la elección de Alfredo Palacios para diputado.
Aquel hombre que instaló su estudio de abogado en la calle Defensa 286 ,junto a cuya placa podía leerse ¨Alfredo L. Palacios ,abogado, atiende gratis a los pobres, ¨abría de convertirse en uno de los más prestigiosos hombres del país , con una actuación pública destacada.
En 1901 se afilia al Partido Socialista ,al que represento durante toda su trayectoria política. Cuando se aproximan la elecciones de diputados de 1904 ,un grupo de trabajadores genoveses nacionalizados lo invita para ofrecerle la candidatura como diputado por La Boca. Después de una asamblea partidaria es proclamado candidato por unanimidad . Las elecciones se realizan el 13 de marzo de 1904 con voto cantado y le dan la ventaja sobre sus oponentes. El flamante diputado ,en un corto recorrido de seis cuadras por la calle Olavarría, es aclamado por una multitud.
Se incorporó al Congreso cuando aún no tenía 25 años ,representando a un sector del pueblo que empezaba a reconocer su papel y exigía leyes de justicia social.
sábado, 19 de marzo de 2016
Fundación Proa y Desviarte
Hoy sábado, Alejandra Fenochio inaugura exposición en Fundacion Proa a las 17. Media hora antes, en el Museo Quinquela una visita audiovisual con charla incluida al archivo personal de Benito Quinquel;a antes, al mediodía jornada cultural en Parque Lezama, a 40 años del Golpe...
Gracias Marta Sacco
sábado, 12 de marzo de 2016
Día de la inauguración de "Caminito"
La Boca!... Día de la inauguración de "Caminito"!!!!! Gracias Patricia Nuñez, gracias Claudia Parral!
sábado, 27 de febrero de 2016
El luto que no cesa...
Lamentablemente, este jueves, dos efectivos del cuerpo de bomberos, los cuales intervinieron en la tragedia de Iron Mountain, pusieron punto final a su existencia.
Los fallecidos fueron identificados como Diego Oneil, que era bombero de La Vuelta Rocha y Mario Colantonio, que dejó una carta antes de quitarse la vida, pertenecia al escuadrón de San Telmo. Ninguno de los dos habrían podido soportar, pese al paso del tiempo, la muerte de su compañero, Facundo Ambrosi.
El primero de los fallecidos era bombero de La Vuelta Rocha, mientras que el segundo de San Telmo
En tanto, los fallecidos se sumaron a la lista de Maximiliano, Sebastián y de Leonardo Day, Anahí Garnica,Eduardo Adrián Conesa, Damián Véliz y Juan Matías Monticelli, todos estos bomberos de la Policía Federal. Ademas, murieron allí Facundo Ambrosi, compañero de Sebastián del Cuartel de Bomberos Voluntarios de Vuelta de Rocha, sumado a Pedro Barícola y José Luis Méndez Araujo, de Defensa Civil porteña.
Memoria
El pasado 5 de febrero, familiares de las victimas de la tragedia reclamaron justicia, al tiempo que recordaron que a dos años del hecho, todavía no hay imputados en la causa, con el agravante que dos pericias determinaron que se trató de un incendio intencional.
En tanto, los fallecidos se sumaron a la lista de Maximiliano, Sebastián y de Leonardo Day, Anahí Garnica,Eduardo Adrián Conesa, Damián Véliz y Juan Matías Monticelli, todos estos bomberos de la Policía Federal. Ademas, murieron allí Facundo Ambrosi, compañero de Sebastián del Cuartel de Bomberos Voluntarios de Vuelta de Rocha, sumado a Pedro Barícola y José Luis Méndez Araujo, de Defensa Civil porteña.
Memoria
El pasado 5 de febrero, familiares de las victimas de la tragedia reclamaron justicia, al tiempo que recordaron que a dos años del hecho, todavía no hay imputados en la causa, con el agravante que dos pericias determinaron que se trató de un incendio intencional.
domingo, 21 de febrero de 2016
María del Carmen Colombo: "En el círculo mágico", texto inédito...
Abuela fertilizaba las plantas con bosta de caballo. Ella misma, pala en mano, se encargaba de recogerla de la calle --en esa época todavía era común la tracción a sangre.
El caballo del verdulero proveía el abono. El verdulero lo estacionaba enfrente de casa. Y allí iba presurosa la abuela, se acercaba con cuidado a la cola del animal, y con destreza su pala retenía los desechos, que después iba acarreando esforzada y contenta. A veces el caballo doblaba apenas la cabeza intentando espiar por el cubre ojos, como hacen las personas cuando alguien les va a aplicar una inyección. Pero después movía la cola con desgano, aliviado al adivinar la presencia de la abuela.
Daba pena el percherón. Haber nacido caballo –murmuraba ella al verlo ahí, siempre de pie, bajo el sol o la lluvia. Meta cinchar, tirar del carro. Parecía comprenderlo, íntimamente. Cuando algún vecino le preguntaba, ¿y, doña, como va?, la abuela, apocada, como si viera reflejada su existencia en el destino proletario del animal, tirando, m’hijo, tirando, respondía.
Las plantas crecían fuertes y hermosas. El potus no era la excepción. Sus hojas empezaron a asomarse tímidas entre los helechos. Nosotros al principio no le prestamos atención. Pero silenciosamente la planta fue desatando la majestad de su presencia. Y, así, de largos tallos que adivinábamos jugosos se abrieron unas hojas inmensas y acorazonadas, color verde intenso, que no necesitaban de la luz para brillar, tan lustrosas eran.
En el rincón del patio donde el potus reinaba en su belleza, mi hermana y yo jugábamos a las visitas. A la hora de la siesta arrastrábamos una mesita desvencijada, dos o tres banquitos, lo que quedaba de un jueguito de té. Tomábamos agua y comíamos galletitas embebidas en esa agua hasta hartarnos. Cuando no disponíamos ni de una miga de pan cortábamos ramitas de malvón, de helecho; hojitas y pétalos de jazmín del país, que tragábamos, sin chistar, entre reverencia y reverencia.
Lo de recurrir a las plantas fue idea de mi hermana. A ella le gustaba experimentar con cosas nuevas porque se aburría con facilidad. Siempre introducía variantes en los juegos. Y yo me entregaba emocionada, como a la espera de un significado desconocido, que, seguro, pensaba, iba a llegar de un momento a otro gracias a sus ocurrencias. Su inventiva era inagotable y la aplicaba también en idear respuestas rápidas en caso de tener que afrontar consecuencias. Son las hormigas, decía, lo más campante, cuando la abuela, apenada, descubría los destrozos en sus plantas.
A mí el papel de cómplice me hacía sentir bien, como si hubiera sido aceptada en el exclusivo club de chicas más grandes. Además, me decía, si la mentira llegaba a ser descubierta, sería ella la que cargaría con el reto. Quién iba a creer que a alguien tan sonsa como yo se le podría ocurrir semejante picardía.
Una tarde mi hermana quiso experimentar con los brotes del potus. Los fue arrancando y, de a pedacitos, los sirvió en uno de los platos. “Pase, pase y sírvase, doña Amalia” me dijo, imitando el tono de una de esas señoronas que teníamos como vecinas. Comencé a masticar los brotes mientras intentaba disimular el malestar que me producía el sabor amargo de una especie de jalea viscosa. En algún momento me pareció que mi hermana me miraba como esperando algo de mí, una reacción apropiada al juego quizá. Pero mi boca supo antes de qué se trataba. Boca, lengua, paladar, y mis encías desprotegidas ante la tormenta de agujas y alfileres que descendía por mi garganta. Corría por el patio escupiendo y gritando. Mi hermana, asustada, me alcanzó un vaso de agua, después uno de leche. Probé también un huevo crudo, mordí un tomate, tragué harina, levadura, miel. No sé en qué momento desapareció el alfiletero de mi boca, tampoco recuerdo haber hablado de este incidente con mi hermana. En casa nadie se enteró de lo sucedido. Pero por una semana no pude ir al colegio por la indigestión.
Durante los días de convalescencia me acordaba del caballo. Cerraba los ojos y lo imaginaba trotando desnudo vaya a saber por qué campo infinito. A veces, detenía la imagen a voluntad, como para retratarlo. Si él olfateaba la hierba me provocaba náuseas, entonces, pasaba rápido a otra escena, una en donde lo veía acariciando el agua de lluvia de los charcos con su lengua rosada.
María del Carmen Colombo
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