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sábado, 23 de abril de 2016

Luis Colombo: Cine en La Boca


Por Luis Colombo

El cine Olavarría temblaba: tres películas: una, de Abbot y Costello; la segunda con Randolph Scott y sus disparos certeros. 
Y la última, la que más esperábamos, Gregoy Peck y Ann Blyht: él, un heróico capitán a bordo de una goleta de tres palos; ella, una princesita rusa enamoradísima del norteamericano. 
Suena la música, el cine vibra, todos queremos que Ogoth, el personaje, esquimal comedor de pescado crudo, arremeta contra los cadetes rusos, ayudados por los marineros del capitán.
Yo tenía 9 años, ahí conocí por primera vez la hermosa música de Brahams, también lo que era navegar en una goleta que parecía un barco fantasma. Era, sí, una auténtica aventura de amor, sin nada de almíbar, con puñetazos a granel y un final feliz.
Los "malos" eran los nobles rusos que después de acordar un convenio pesquero en Alaska, y la posterior venta de ese estado, se negaban a que la bella Ann Blyht cayera en los brazos del heroico capitán. Demás está decir que en la sala no sólo había niños sino hombres y mujeres adultos, y todos gritaban a la par, alentando a los audaces marinos por la victoria sobre los nobles rusos.
Era el cine, era el gran divertimento, aún la televisión no había invadido con su mensaje banal y soporífero las ilusiones de nuestra niñez. Eran los cowboys de John Wayne, Randolph Scott, Gregory Peck, era "Duelo al sol", y nosotros boquiabiertos esperando el puñetazo o el disparo de pistolero certero.
Los domingos teníamos la opción que ofrecía el oratorio de Don Bosco, en la iglesia San Juan Evangelista, una serie por capítulos (dos por domingo): Flash Gordon, "La araña inmortal", y los hermanos Bruzzone trajinando con los rollos de celuloide. Después el plato fuerte: "Las Arenas de Iwo Jima", la guerra y los japoneses, la imaginación infantil mezclada con quienes eran "los buenos" (¿quiénes "los malos"?). No faltaba Robin Hood, en su bosque de Sherwood, con la magia de Errol Flynn. 
Todo esto es recuerdo. ¿Saben los chicos de hoy quién fue el cowboy James Stewar, el que se casa en una ceremonia india con una bellísima skaw, para volver y encontrarla muerta y entonces salir a buscar venganza? No, no lo saben. 
Quizás jueguen al fútbol todavía, invierno y verano, como lo hacíamos nosotros  sobre el empedrado de la calle Caboto.

domingo, 17 de mayo de 2015

Luis Colombo: Los amigos*


Cruzaba el Parque Lezama, se me hacía tarde para ir a trabajar, entonces apretaba el paso cuando un tipo, vestido con traje a cuadros y zapatones, igual a un clown, se me acercó y, en un idioma rarísimo, me mangueó. Como yo no entendía, apeló a las señas.
Con una mano en los labios hizo el gesto de pedirme un cigarrillo. “No fumo”, le contesté. La cara del tipo era de desolación, sus ojos celestes parecían taladrarme.
Volvió a la carga cuando advirtió que me iba, me tomó del brazo, gruñó, gesticuló, y por último repitió la seña. Yo también como en el oficio mudo le respondí que no entendía.
Pero de pronto se acercaron otros tres que prácticamente me rodearon. “Chau –pensé-, acá me afanan.”
La baranda que despedían era insoportable, para salir corriendo. Uno se adelantó balbuceando:
--Yo  –y señaló a los otros tres--, Ucrania;  barco caput, no dinero, no nada
–y agitaba los brazos.

--¡Y qué querés que haga!, yo no gobierno –contesté.
Cuchichearon los cuatro, el que más chapurreaba el castellano dijo:
--Vos cigarrillo…
--No fumo –le dije, casi enojado.
--Entonces vos un peso – respondió con mímica.
--Yo no Naciones Unidas, yo no Acnud…
--¡Naciona Unidas, Acnud, mierda! –gritaron todos juntos.
--Ah --contesté ya furioso -, ¿no quieren tampoco a las Naciones Unidas? Entonces, ¿qué carajo quieren?
--Querer un peso –dijo uno de ellos.
--No tengo –contesté-. No tengo cigarrillo, no tengo un peso. Yo trabajar…, no millonario… --hablaba contagiado por el chapurreo de los gringos.
 Me miraban con esos ojos celestes rodeados de mugre, y el contraste se hacía más intenso por la suciedad y la ropa destrozada.
--Yo camarada acá dos años –dijo uno--, argentinos todos mirar su propio culo, barco caput, Rusia caput. Nosotros todos a la calle, sin plata, sin nada, solo hambre. ¿Argentina? –agregó, y me hizo un corte de manga--. ¿Ucrania? –otro corte de manga--¿Naciones Unidas? –otro más…
Le iba a responder de la misma manera, pero metí la mano en el bolsillo y le di una moneda de cincuenta. Ahí todo cambió, no era lo que pedían pero era algo.
--Gracias camarada  -me dijo, cuchicheó con los otros un rato. Uno se separó del grupo y desapareció. La imagen de abandono se notaba menos, solo alcancé a balbucear
--Bueno camarada, yo trabajar, irme.
--No, camarada. Un momento ya vuelve otro…
--No, trabajo primero, importante –dije.
--Un momento solo… -respondió.
El que había desaparecido regresó, y no venía solo. Traía una bolsa y lo acompañaba una mujer. Hablaron en su idioma entre ellos. El que ya era la voz cantante del grupo se me acercó y dijo:
--Acá, Natalia, cocinera de barco, sola y sin nada, nosotros regalamos ella. No vivir más en calle tirada; ella mujer, necesita baño, limpieza, así que para vos –abrió la bolsa, sacó un tetrabrik, dijo:
--Prosit tovarich –y se empinó el vino.

Natacha, tan mugrienta como ellos, me miró con tristeza y vergüenza. Enfrente vi un teléfono público y me dirigí  hacia él. Ese día no fui a trabajar.

*El cuento que se transcribe pertenece a un libro en preparación.